La historia de la pintora Marietta Robusti es la misma que la de muchas otras mujeres artistas que, en su tiempo, tuvieron muchas dificultades para demostrar su talento y conseguir vivir de su arte. Hijas, hermanas o familiares de artistas, esas pintoras tenaces solo pudieron pintar a la sombra de sus protectores. Con el tiempo se descubrió que obras atribuidas a pintores de renombre fueron realizadas por estas mujeres. La Tintoretta es uno de los casos menos conocidos porque aún a día de hoy hay muy pocas obras atribuidas a ella.

Aprendió a pintar en el taller de su padre. Hija y seguidora de Jacopo Robusti Tintoretto, fue conocida en su tiempo como “ buona ritrattista” dentro y fuera de Venecia.

Jacopo encontró en su hija preferida a una alumna aplicada. Vestida de hombre para poder moverse con más libertad en los círculos artísticos, Marietta aprendió de su padre las técnicas pictóricas y pronto se convirtió en una artista conocida entre la aristocracia veneciana a la que deleitaba con hermosos retratos y la apodó con el nombre de la Tintoretta. Hay indicios de una importante colaboración en obras firmadas por su padre.

Víctima de su época, Marietta nunca recibió encargos públicos que le permitieran demostrar su valía como artista. Se especializó en pinturas de pequeño formato, principalmente retratos de uso privado. En el Museo del Prado se conserva un retrato de dama.

Su humilde fama llegó a traspasar las fronteras de su pequeño universo veneciano en el que su padre la protegía con gran celo. El emperador Maximiliano o el rey español Felipe II alabaron su obra y requirieron sus servicios como pintora de cámara. Pero su padre no consintió nunca que su hija se alejara de su lado. Incluso a la hora de casar, Jacopo solamente aceptó a un joyero veneciano llamado Mario Augusti, pues fue el único que consintió en vivir en la casa familiar de los Robusti.