Elsa Schiaparelli fue una diseñadora de moda italiana.

Su nombre vuelve a formar parte del reducido grupo de miembros de la Alta Costura. Feminista, impulsora del “branding” y vinculada a los movimientos dadaísta y surrealista.

Elsa Schiaparelli nació en Roma en 1890, en el seno de una influyente familia aristocrática e intelectual. Descendiente por vía materna de Los Médici, su padre era un reconocido arabista y profesor, hermano del astrónomo Giovanni Schiaparelli. Completaba el estudioso circulo familiar Ernesto Schiaparelli, primo de su padre, afamado egiptólogo, y director desde 1984 del Museo Egipcio de Turín.

El origen acomodado de Schiaparelli le propiciaba una seguridad económica y vínculos con círculos eruditos e intelectuales, pero con el paso de los años aquella seguridad se tornó en cárcel.

Schiaparelli cultivó relaciones vinculadas al mundo del arte que introduciría como seña de identidad de su marca y sus diseños.

Entre la larga lista de nombres que colaboraron junto a ella encontramos a la escritora Elsa Triolet, Jean Dunand, Alberto Giacometti, Christian Bérard, Meret Oppenheim, Andy Warhol, Leonor Fini, René Magritte, o a los fotógrafos Cecil Beaton, Horst y Man Ray.

En 1937 Cocteau le enseñaría un dibujo que terminaría inspirándola para crear uno de sus más conocidos diseños. Un vestido y un abrigo con la ilusión de un bordado que hacía ver tanto a dos mujeres de perfil, como a un jarrón rebosante de rosas.

Mención a parte merece su intima relación con Dalí. Juntos diseñarían la polvera en forma de rueda de teléfono, el traje escritorio, el vestido “lágrima” o el surrealista sombrero en forma de zapato, una de sus más conocidas colaboraciones.

En 1934 Dalí había comenzado a introducir la Langosta en sus creaciones, y en 1937 impresionaba un gran dibujo de una de ella junto a unas ramas de perejil en un vestido de organdí blanco. Aquel vestido pasaría a la historia por las fotografías que Cecil Beaton realizaría de Wallis Simpson poco antes de su matrimonio con Eduardo VIII.

“Estimada Elsa, me gusta esta idea de ‘huesos en el exterior’…” decía la nota que acompañaba a unos bocetos que el pintor surrealista hacía llegar a la diseñadora en 1938. La idea no tardó en plasmarse en un atrevido diseño, y aquel mismo año se presentaba ante los ojos de un abigarrado público el vestido “Skeleton”.