El ingreso en los conventos de mujeres con cualidades para el arte, o que tenían parientes artistas, no era un hecho extraordinario en la época de la Contrarreforma. Las monjas pintoras no solo podían embellecer el convento con sus obras; también podían proveer ingresos a la institución con la realización de sus encargos. Tal fue el caso de una pintora manierista nacida bajo el nombre de Giustina Fetti, quien al ingresar a la orden del Convento franciscano de Sant’ Orsola de Mantua, el 3 de diciembre de 1614, tomó el nombre de Sor Lucrina Fetti. Su fecha de nacimiento está calculada, basándose en ese dato, cerca del año 1590. Su padre fue un pintor poco conocido llamado Pietro Fetti y su hermano Domenico también fue pintor.

Lucrina vivió su infancia en Roma, y es probable que recibiera su educación artística de su hermano Domenico, quien fue invitado a pintar en la corte del duque Ferdinando I Gonzaga en Mantua, donde fue acompañado por ella. El duque aportó la dote para que la pintora pudiera ingresar al convento de Sant’ Orsola. Tras de la partida de su padre a Venecia en 1622, Lucrina se dedicó a la actividad artística por completo. Trabajó en el estudio de su hermano, pintó retratos de la familia Gonzaga y se dedicó especialmente a la representación de temas religiosos para el convento. En los retratos femeninos de la familia Gonzaga se destacó en la elaboración de los suntuosos vestidos de brocado, enriquecidos con finas joyas.

Es característica la postura en tres cuartos de las modelos, y sus rostros son realistas, aunque sin llegar a indagar en la expresión al punto de hundirse en la psicología de los personajes, como puede verse en otras obras del período barroco.

Aunque Lucrina no tuvo las mismas oportunidades para estudiar la figura humana que su hermano Domenico, su pintura demuestra que ella pudo aprender a través de la atenta observación. Sus obras religiosas se circunscriben la un manierismo tardío y muestran una teatralidad emotiva acorde con el espíritu de la contrarreforma religiosa.